PRÓXIMO EVENTO

EL PRÓXIMO SÁBADO 14 DE MARZO EL ILTRE. COLEGIO OFICIAL DE ENFERMEROS DE BADAJOZ, DENTRO DE SU SEMINARIO PERMANENTE DE HUMANIZACIÓN ORGANIZA UN TALLER QUE LLEVA POR TÍTULO "TESTIMONIOS DE VIDA", EN EL QUE CONTARÁ CON LA PARTICIPACIÓN DE PERSONAL ENFERMERO Y BOMBERO Y CON DOS PACIENTES A LOS QUE AQUELLOS COLECTIVOS HAYAN SALVADO LA VIDA

LA SILLA MÁGICA, por María del Rosario Zamora Arjona

16 marzo 2015

María del Rosario Zamora Arjona
EIR Geriatría Primer Año

LA SILLA MÁGICA

Julia tiene 92 años. Es viuda y tiene 5 hijos y 10 nietos, de los cuales solo tres acuden al hospital (frío) en el que se encuentra por una patología aguda. El resto de su familia tiene muchas cosas que hacer (“trabajo, estudio, viajes… ya se sabe”). Lleva ingresada 5 días, no comprende muy bien qué está sucediendo. No comprende muy bien dónde está ni recuerda qué día es. A veces confunde el día con la noche, la comida con la cena. No para de ver a gente a su alrededor, pero se siente sola. Se siente triste, echa mucho de menos a su marido, tantos años juntos… y tiene miedo. Miedo de estar abandonada, miedo de morir, miedo porque tiene dolor pero no encuentra el momento para comunicarlo (“toda esa gente parece que tiene tanta prisa…”), miedo de orinarse y de hacerse de vientre encima, ya que en casa ella podía ir al servicio sola, pero desde que ingresó alguien decidió por ella que ya no iba a poder usar el servicio más y que tenía que llevar un pañal. Un pañal que pasa mojado y sucio mucho tiempo, demasiado, que le pica y le da calor, que le quita la dignidad, que le da miedo. Ha dejado de comer también, la comida del hospital es fría (no por falta de temperatura, sino porque “parece que le faltase alma”) y monótona, aburrida, parece hecha con prisa y suelen ser purés insípidos. Cada vez que llega la comida ella sueña con que vengan de postre unas fresas, le gustan tanto… pero de postre siempre aparece la manzana asada y el yogur. Y la bandeja vuelve al lugar de origen prácticamente tal y como llegó. Llena de comida y fría.

Delante de la butaca donde la sientan según protocolo, hay una silla. Esta silla siempre está vacía. Es curioso que toda esa gente que entra y sale nunca se puede sentar cinco minutos en la silla a hablar con ella, a hablar del tiempo, a dar calor a la habitación.

Julia siente que ha perdido la dignidad, que ya no es ella y que tampoco importa que ya no sea ella. Se siente totalmente ajena a su enfermedad, siente que estorba, que está ocupando una cama, siente que su cuerpo es lo que importa, pero… ¿y sus sentimientos? ¿Y sus miedos? ¿Y ella? ¿Y esa silla? Ni siquiera su hijo y sus dos nietos se sientan en ella.

Pero todo cambia durante 10 minutos al día. Quizá es solo 1 minuto, pero a ella le dura la alegría 10 minutos. Siempre pasa cuando Carmela, la empleada de limpieza, entra a las 10 de la mañana a limpiar la habitación. Ella ilumina la estancia con su sonrisa y su alegría, siempre la saluda y le pregunta cómo está, le cuenta alguna anécdota de su llegada hasta el hospital en el autobús y Julia se muere de risa. Además, Carmela coge su mano y la llena de halagos. Parece que durante esos diez minutos todo se esfumase (el dolor, el frío, el miedo). Parece que, durante diez minutos al día, ella volviese a ser una persona. Incluso un día Julia le pidió que se sentase en la silla y Carmela se sentó, y estuvieron viendo una revista juntas, durante cinco minutos, claro, porque Carmela tiene que seguir con sus tareas y no puede retrasarse mucho. Pero la alegría ya le duró hasta la hora de la comida.

Y eso es lo que Julia espera un día tras otro: que llegue Carmela. Eso es lo que le da la fuerza para seguir. Esperar a que esa silla deje de estar vacía durante cinco minutos, dejar de sentir frío durante diez minutos. Volver a sentir calor humano en sus manos. Volver a sentirse viva.

Afortunadamente, todos nosotros podemos ser como Carmela y ayudar a todas las Julias que se encuentran desamparadas y sufren. Solo una sonrisa, una mirada y una palabra amable es suficiente para poder cambiar el día a nuestro paciente. Solo sentarnos en una silla delante de ellas y preguntarles cómo están, hablar de sus miedos, comprender que son seres humanos que sufren, como nosotros, que también sufrimos mucho, que también tenemos problemas, que también, a veces, perdemos la esperanza. Comprender que sin humanización no hay asistencia terapéutica. Comprender que un abrazo y una sonrisa son más terapéuticos que cualquier ansiolítico. Y que, como ningún ansiolítico, alivian al que lo da y al que lo recibe.

Comprender que no todos necesitan pañal, que algunos necesitan fresas y que las necesidades las marcan quienes las tienen. Que no podemos ni debemos decidir por el otro.

Comprender que la humanización de la Sanidad es la base de la asistencia.

UN MINUTO DE SILENCIO


Entrada a cargo de Raúl Tardío López, abogado.

21 de febrero de 2015


UN MINUTO DE SILENCIO

por quienes sólo utilizan las orejas para sostener las gafas;
por todos esos que no entienden el debate sin el ataque;
por esas personas a las que la intransigencia les nubla la razón;
por aquellos para los que el diálogo sólo tiene sentido si se cumple su palabra;
por quienes simulan que te escuchan mientras ocupan su pensamiento en otras cosas;
por quienes ven la vida como una guerra plagada de adversarios que sólo intentan acabar con ellos;
por quienes validan una opinión en función de quién la sostenga;
por los que elevan su tono de voz para que la tuya no se escuche;
por quienes sustituyen el argumento por la agresión;
por los que disentir equivale a menospreciar;
por los que camuflan sus miedos con desprecios;
por los que esconden su debilidad detrás de una presunta autoridad;
por los soberbios y prepotentes, que sólo se escuchan a sí mismos;
por quienes su opinión no tiene precio y la tuya no vale nada;
por los que están convencidos de que el mundo gira en torno a ellos;
por los incapaces de convencer por la fuerza de sus argumentos;
por los que se erigen en tus salvadores sin respetar tu libertad para acertar o equivocarte;
por los que se vuelven ciegos y sordos cuando se trata de escucharte;
por quienes un fracaso elimina toda posibilidad de éxito;
por aquellos que miran el dedo cuando señalas el sol.


Sólo un minuto para ellos, ni uno más, porque la vida, sin duda, está hecha para los demás.

ILUSIÓN DE ENFERMERA

10 de febrero 2015


Publicamos una nueva entrada en nuestro blog que nos ha hecho llegar una enfermera, y que lleva por título


ILUSIÓN DE ENFERMERA

Casi siempre se habla de la “dejadez” de las enfermeras.  Se escuchan frases del tipo: “Prefieren no asumir sus responsabilidades y adoptar la posición de comodidad”.  En algunos casos, más de los que debiera, puede ser así, pero también existe por suerte, la otra parte.  Las enfermeras que se implican, que luchan por su profesión, por ejercerla plenamente, para que se les respete.

Me gustaría contar mi experiencia, y para ello voy a empezar  por el inicio de mi viaje en esta aventura.

Hace ya algunos años que comencé mi andadura en la Enfermería.  Sinceramente, cuando inicié los estudios, tenía nociones muy básicas de lo que era ser enfermera, pero poco a poco fui descubriendo lo que significa realmente y me di cuenta de que había tomado una de mis mejores decisiones hasta el momento.  Cada día de práctica me gustaba más la profesión en la que me había embarcado.  Los tres años de formación fueron duros, muchas horas de clases, de estudio en casa, de prácticas, pero sin duda volvería a repetirlos.  No sólo aprendí técnicas, tratamientos, curas,… También aprendí a ver más allá de las personas, a percibir la tristeza en una sonrisa, a detectar la preocupación en una mirada, a ponerme en la piel del otro, a escuchar, a ser paciente, a respetar.  Descubrí la importancia de una sonrisa, de un trato cálido y cercano, de un gesto amable.  Tras ese tiempo, no sólo me gradué como enfermera, sino que crecí mucho como persona.  Al finalizar esta etapa estaba llena de ilusión y con ganas de empezar la siguiente. 

Una de las parcelas que más me gusta de la Enfermería es la Educación para la Salud.  Con una buena educación sanitaria algunos de los pacientes que conocí en el hospital se hubiesen ahorrado esa estancia.  Pues bien, por suerte y para mi gran sorpresa, encontré un puesto de trabajo donde podría realizar esa función perfectamente. Esto lo descubrí un tiempo después de estar aquí y ver el ambiente. Trabajo en una piscina, y ¿qué hace una enfermera en una piscina?  Pues parece ser que lo único que podemos hacer es esperar a que pase algo y “mantener el botiquín en condiciones”. Por aquí pasan, desde bebés de 6 meses, hasta personas de más de 80 años, personas sanas y enfermas. ¿Os dais cuenta de la cantidad de población? ¿La cantidad de personas, de todas las etapas de la vida, a las que se puede llegar desde aquí?  Se me ocurren muchas actividades que realizar, ¿a vosotros no? 

Hasta ahora no había habido enfermera y aunque “sólo” es un botiquín, sí que hay unas cosas básicas que se deben cumplir y respetar como es la reposición de los medicamentos lo antes posible y en perfecto estado, mantener el material sanitario sin óxido, la intimidad de los usuarios y la confidencialidad, etc..  Desconocía si estas cosas sucedían por dejadez o por falta de conocimiento por parte de los jefes, así que, ante tal situación, puse en conocimiento las deficiencias que observé y también planteé la posibilidad de dar un servicio sanitario a todo aquel usuario que le interesase y no sólo al que sufriese un accidente en la instalación.  La ilusión por el trabajo pronto se tornó en confusión, desconcierto, y ese desconcierto se transformó en temor, miedo, pánico.  Sólo quería trabajar y hacer las cosas bien.  Es mi responsabilidad como enfermera poner en conocimiento cualquier deficiencia y velar por prestar una atención de calidad al usuario de la instalación. 

Todo esto derivó en una constante persecución y acoso por parte de mis “superiores”.  No voy a entrar en detalles, porque ese no es el tema, y porque aunque haya pasado un tiempo aún se me revuelve algo al recordarlo.  Pasé la peor época de mi vida por querer ser enfermera, por querer dar un buen servicio a las personas que acuden al botiquín, por no querer pasarme 7 horas sentada de brazos cruzados mientras veía a un niño obeso comiendo bollería y patatas fritas para merendar. En definitiva, por no querer cerrar los ojos y convertirme en alguien pasivo y cómplice de ciertas barbaridades. 

¿Pero sabéis qué?  Los golpes te hacen más fuerte y te repones.  Ahora, si todo sale bien, se me abre una nueva puerta.  No sé cómo será, ni cómo lo haré.  Sólo sé que tengo ganas y que creo en lo que hago, dos ingredientes, que si los tienes contigo, te dan fuerzas para lo que venga aunque haya momentos de flaqueza.  La posición fácil sería quedarme sentada en la silla, pero para mí, no es la más cómoda.  Voy a intentarlo de nuevo.  Poner mi granito de arena para intentar que se reconozca la Enfermería, la gran labor que podemos desempeñar, que los usuarios saquen partido de nosotros, que otros compañeros que puedan algún día ocupar este lugar, se sientan realizados, se les respete y reconozcan su trabajo. 

Me niego a creer que esto siempre será así, que no se puede hacer nada.  Cuando me vengo abajo recuerdo la ilusión que sentí al acabar la carrera, las ganas de hacer cosas y todo lo que me enseñó, porque muchas cosas las aprendí yo, pero otras me las enseñó ella, la Enfermería, y una de esas cosas fue a no darme por vencida y luchar.  Me niego a que esto acabe así.

Aquí tenéis una prueba de que sí que se lucha por la Enfermería y sé que hay muchos más casos.  A veces es difícil, pero si no la defendemos nosotros ¿quién lo va a hacer? ¡ÁNIMO!